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Tomás estaba muy triste. Se limitó a decir:
—Creo que tienes razón. Estoy peleado con la ortografía. No vale la pena que procure aprenderla.
—No hables así —contestó su madre—. Si realmente probases, la aprenderías. Tu gran defecto es la negligencia. No te aplicas. Voy a tener que hablar con tu maestra. Ella tendrá tal vez una sugestión que hacer. Como quiera que sea, no quiero que vuelvas con una libreta de notas como ésta.
Tomás intentó tratar la cuestión con cierta ligereza de ánimo. Añadió como en defensa propia_
—¿Sabes, mamá, que la ortografía no es cosa tan importante?
—¿Que no es importante? ¿De dónde sacaste esa idea tonta? Si razonas así, hijo mío, nunca harás cosa buena en la vida. Lo primero que debes hacer es decidir qué vas a aprender ortografía.
Tomás escuchó a su madre pero esas buenas palabras no produjeron mucho efecto. A la verdad, olvidó completamente la materia hasta el próximo examen. Fue entonces cuando las palabras de su mamá le volvieron a la memoria. Recordó que ella le había recomendado que no trajese una libreta de notas tan bajas como las que había tenido antes. Pero ¿cómo podía salir mejor? No se había preparado: ni siquiera había leído la larga lista de palabras que la maestra les había dado con relación al examen.
Y ahora la maestra estaba delante de la clase, teniendo en la mano la lista de palabras que él debiera haber sabido deletrear perfectamente. Todos los alumnos tenían el lápiz en la mano, y estaban listos para escribir.
—¿Qué voy a hacer? —se preguntó Tomás—. No voy a saber deletrear una sola palabra.
La maestra comenzó: "La primera palabra es 'expedición'". "Expedición", "expedición", ... —se dijo Tomás, mordiendo el extremo de su lápiz—.
"¿Cómo se escribe esta palabra?"
En ese momento vio al muchacho que estaba frente a él escribir con toda velocidad, y se sintió tentado a mirar por encima de su hombro.
Le pareció que era mejor copiar que volver a casa con malas notas.
Copió.
El compañero había escrito "expedisión" y Tomás hizo lo mismo.
—La palabra siguiente —dijo la maestra— es "teléfono".
Tomás nuevamente, copió y escribió "teléffono" con dos fs.
Y así siguió hasta el fin de la lista. Tomás y el alumno sentado delante de él eran los únicos que tuvieron faltas en cada palabra.
Llegó el día en que el muchacho tuvo que presentarse delante de su madre, con su libreta de notas.
Esas notas, desgraciadamente, eran peores que las anteriores.
—¿Qué significa esto? —preguntó la mamá.
—Significa —dijo el niño, con el rostro muy serio esta vez—, que yo cometí un grave error.
—¿Qué error?
—Yo copié lo que escribía un muchacho que no sabía deletrear.
—¿Copiaste? ¿Es decir que hiciste trampa? ¡Oh, Tomás! Preferiría que volvieras a casa con ceros solamente y no tener que reconocer que debes tu éxito a una falta de honradez.
—No te preocupes, mamá. Esta vez aprendí mi lección. Hasta ahora no había comprendido la importancia de lo que tú me decías, pero la reconozco ahora y nunca más haré trampas. Te lo prometo.—
