Alejandro tenía un defecto muy grande. Sí, era egoísta. Tenía que tener siempre el primer lugar y el mejor, y era insoportable cuando se lo contrariaba. Cuando estaba jugando con sus amigos, Alejandro se las arreglaba para no prestar sus juguetes y acababa siempre por disputarse con todos.
Llegó el día de su cumpleaños. Nuestro amigo había tenido la precaución de dar a tender que deseaba un barco capaz de navegar y una locomotora con rieles, una estación, señales, etc.
Ese día Alejandro encontró dos paquetes sobre una silla cuando fue a desayunar, y al abrirlos, tuvo el gozo de ver que contenían exactamente lo que deseaba. No había en la ciudad niño más feliz que él.
Pero he aquí que notó una carta en el interior de los paquetes. Tal vez —pensó. –papá añadió algo de dinero.
Cuando abrió el sobre, esto fue lo que leyó:
“Mi querido Alejandro:
“Espero que tendrás un feliz cumpleaños. Estos son los regalos que deseabas. Los he comprado para mí, pero te los presto por algunos días. Cuídalos bien, porque los necesitaré un día de éstos.
“Tu papá que te quiere.”
Alejandro no comprendió muy bien lo que esto significaba. Creyó que se trataba de una broma.
¡Imaginaos esto! ¡Qué papá haya comprado estos juguetes para sí mismo! ¿Tendría la intención de llevarlos consigo a la oficina? ¡Ja! ¡ja!
Alejandro no tardó en olvidarse de la carta y se llevó los juguetes al jardín. Llenó una tina de agua y probó el barco. Luego armó los rieles y puso encima la locomotora. Se estaba divirtiendo en grande cuando su hermanito Antonio se presentó. Le dijo:
—¡No toques mi barco!
Antonio no prestó mucha atención a la prohibición y continuó empujando el barco alrededor de la tina.
—¿No te dije que no tocases mi barco? –gritó
Alejandro.
Antonio se hizo el sordo. Alejandro saltó hacia él, y le dio una bofetada.
—¡Ahí tienes! –dijo –Esto te enseñará a dejar mis cosas tranquilas.
Y el pobre Antonio se fue llorando. Esa noche cuando el papá volvió, le contaron lo que había sucedido en el jardín.
–¿Empezó de nuevo? –preguntó tristemente el papá. –Esta vez debo intervenir. Haz un paquete con los juguetes y entrégamelo –dijo el padre a la mamá.
Al día siguiente, Alejandro reclamó sus juguetes, pero no los pudo encontrar-
—¿Dónde está mi barco? No lo encuentro por ninguna parte. Y ¿dónde está mi tren?
—Debiera habértelo dicho; pero papá los necesita hoy.
–El no puede habérselos llevado. ¿Qué haría con un barco y un tren en la oficina? Estoy seguro que están en alguna parte aquí en la casa. Como quiera que sea, no se llevaría mis juguetes-
—¡Oh! Te olvidas de que él los compró para sí. Tú los tenías, pero eran prestados.
El rostro del muchacho se entristeció. ¡Eso era lo que quería decir la carta!
Alejandro no lo sabía, pero los juguetes estaban cuidadosamente guardados en el armario, bajo la escalera. Y durante el día, seis invitaciones fueron enviadas a seis niños del vecindario-
A la tarde siguiente, mientras que la mamá mantenía a Alejandro ocupado en cierto trabajo, seis muchachitos llegaron a jugar con el barco mecánico y la locomotora. Al cabo de un momento el papá los dejó divertirse por su cuenta y pronto sus gritos de placer llenaban el jardín.
—¿Qué es ese ruido que se oye afuera? –preguntó Alejandro.
—¡Ruido! Son algunos niños que están jugando –contestó la madre. —No te preocupes por ello.
Pero la curiosidad del muchacho se había despertado, y precipitándose a la ventana, vio lo que sucedía.
—Mamá, ¡mira! Juegan con mi barco y mi locomotora. ¡Dejen eso! ¡Es mío! ¡Esperen que baje!
Y diciendo esto, bajó por las escaleras de a tres peldaños a la vez.
Se presentó ante los niños, se apoderó de los juguetes y se puso a correr hacia la casa. Pero se encontró con su padre.
—¿Qué haces con mi barco y mi locomotora? –Preguntó el papá. —Ponlos en el suelo inmediatamente.
—Pero estos chicos juegan con ellos y los van a romper.
—Eso no importa. Yo los he invitado a que vengan a jugar. Son invitados míos y te pido que seas cortés con ellos.
—¡Pero éstos son mis juguetes!
—Te pido disculpa, pero estás equivocado. Te los había prestado solamente por un tiempo. Si no te hubieses manifestado tan egoísta, habrías podido guardarlos para siempre. Pero siguen siendo míos y yo los voy a regalar a niños que puedan jugar con ellos sin pelearse.
Y habiendo hablado así, el padre dio el barco a uno, la locomotora a otro, un camión a un tercero y así sucesivamente, hasta que hubo distribuido todos los juguetes. Luego despidió a sus pequeños convidados que volvieron a casa muy contentos.
El pobre Alejandro tenía el corazón destrozado. Subió a su cuarto donde lloró largo rato. Pero no olvidó jamás la lección que el papá le había enseñado. Necesitó tiempo para enmendarse, pero sus esfuerzos fueron coronados de éxito, pues ya no se le llama Alejandro el egoísta, sino Alejandro el
generoso.–
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