¿Conocen ustedes algún niño que nunca se haya caÃdo o se haya herido de alguna otra manera? Nosotros los mayores podemos hablar de muchas caÃdas. La primera que yo recuerdo que me haya sucedido la sufrà cuando tenÃa seis años. Alguien me empujó para hacerme salir del corredor de la escuela, y al caerme, se me rompió un brazo.
Más tarde, estaba un dÃa trepando en un árbol se rompió en su base, y sufrà una caÃda dolorosa, si bien esa vez no me rompà ningún hueso.
Una vez, mientras iba cruzando un puente montado en un caballo que iba a todo galope, el animal introdujo un remo delantero en un boquete que habÃa dejado en el puente una tabla podrida. El caballo cayó, y yo pasé por encima de su cabeza y caà sobre el puente, pero sin sufrir daño.
Creo que serÃa difÃcil encontrar alguna persona adulta que no haya sufrido alguna caÃda.
Dios dice que en todo momento de nuestra vida debemos dar gracias. Esto significa que cuando caemos, debemos dar gracias al Señor por ello. Pero ¿puede el Señor sacar algo bueno de estas caÃdas nuestras? SÃ.
Una de las que yo sufrà me obligó a quedar en cama durante varios dÃas. HabÃa estado arreando las vacas al establo, y no habÃa notado que un trozo de alambre, cuyos dos extremos estaban apresados en el huelo, habÃa formado un lazo. Mientras corrÃa, metà un pie en ese lazo, y sufrà una caÃda muy dura. No se me rompió ningún hueso, pero se me recalcaron los tendones de un brazo y de una mano. Y esto dolÃa mucho. HabÃa mucho trabajo que hacer, pero yo no podÃa tocarlo. Pero podÃa viajar e hice una visita a un lugar adonde habÃa vivido antes, que estaba a unos 160 kilómetros de mi casa. Allà pude ver a unos cuantos amigos. De manera que saqué algún beneficio de la caÃda.
Hasta gané una buena suma de dinero que no habrÃa obtenido de otra manera. Porque durante esa visita supe de una buena partida de papas que estaban guardadas en un silo. Compré como veinte quintales de esas papas, y me las hice mandar a casa. Al llegar la primavera, las planté en un terreno de casi una hectárea y media. Coseché más de quince quintales, y obtuve una buena ganancia.
Nunca podrÃa haber ganado eso si no hubiese caÃdo por culpa de un lazo de alambre. ¿Tuvo el Cielo algo que ver con la caÃda, para que pudiese ganar una suma que necesitaba mucho para pagar lo que debÃa para saldar el precio de mi granja? ¿No ordena el Cielo que todo lo que nos sucede debe hacernos progresar en el camino que nos conduce a Dios?
Pocos dÃas después, mi pie fue apresado por otro trozo de alambre. Era un trozo de alambre para escobas, cuyos extremos habÃan sido apresados en el hielo que cubrÃa una senda muy transitada. No caÃ, pero eliminé el lazo a fin de que la senda no fuese tan peligrosa para mis semejantes.
Una noche, cuando era niño, dejé en medio del piso de la cocina una canasta llena de leñitas para encender el fuego. Estaba oscureciendo, y al entrar mi madre, tropezó contra la canasta, y cayó.
Hasta el dÃa de hoy puedo ver su cara ensangrentada y oÃr sus gemidos de dolor. Hasta la fecha, tiemblo cuando descubro que estoy dejando algo donde pueda hacer tropezar a alguien.
La Biblia dice: “Quitad los tropiezos del camino” (IsaÃas 57:14) Aunque Dios puede hacernos beneficiar de cuanto nos sucede, creo que él quiere que quitemos del camino todo lo que podrÃa hacer tropezar a alguien. —
Tags:
Cuentos Originales
