“¡Cuidado con el perro...!” gritó la mamá. Pero era demasiado tarde.
La Sra. de Warren, quien para decirlo en lindas palabras, era una mujer de generosa apariencia, ya habÃa decidido sentarse y fue inevitable que se dejara caer con todo su peso en el sillón.
Y mientras mamá y Anita miraban son poder remediar la situación, el hecho ocurrió. Se oyó un grito capaz de hacer helar la sangre a cualquiera, y la Sra. Warren se puso de pie en seguida con el rostro rojo de ira y moviendo los brazos en ademán amenazador mientras gritaba: “¡Linda manera de tratar a una visita, colocando perros en su sillón! No pienso volver a poner los pies en esta casa”. Dando una vuelta completa recogió su abrigo y su manguito, y salió con paso majestuoso hacia la puerta de calle.
—Se lo tiene merecido –dijo Anita–
—¿Por qué tenÃa que elegir el mejor sillón?
—Silencio –exclamó la madre–. Que no vuelva a oÃrte hablan en toda la tarde. Y en cuanto a ese molesto perro, llévatelo al fondo y mételo en su casita. La Sra. Warren es una señora muy respetable.
Anita se dirigió de cresta caÃda hacia el sillón, donde la causa de todo el alboroto estaba alegremente sentado, con las orejas paradas y los ojos chispeantes en busca de una nueva aventura.
La mamá le echó una mirada y su enojo se aplacó. “Oh, Chispita –le dijo–, eres siempre tan travieso y molesto, pero tan simpático, que uno no puede menos que quererte”.
No habÃa duda de que Chispa era una molestia. Cuando sonaba el timbre de la puerta de calle, él era el primero en salir corriendo para saludar a los visitantes. Y más de una vez cuando los miembros de la familia descendÃan la escolarea, tenÃan que aferrarse rápidamente del pasamano para no caer de cabeza, porque Chispa habÃa decidido bajar precisamente en el mismo momento.
Y además, Chispa no querÃa ceder a nadie su lugar en el sillón.
Pero un dÃa, de repente ocurrió un cambio inexplicable con el perrito. Ello sucedió cuando la tÃa de Anita vino a visitar a la familia. Desde entonces Chispa fue todo un caballero, si asà se puede llamar a un perro.
Cuando la tÃa bajaba la escalera, Chispa permanecÃa tranquilamente sentado arriba hasta que ella habÃa llegado al último escalón. Cuando la tÃa caminaba por la casa, Chispa se apartaba del camino. Y si se encontraba acostado en el suelo y ella venÃa hacia él, se levantaba tranquilamente y se ponÃa a un lado.
Pero lo más increÃble fue el cambio en su actitud con respecto a aquel sillón favorito. Aunque el perrito habÃa obrado siempre como si le perteneciera, ahora, cada vez que oÃa los pasos de la tÃa en la sala, saltaba del sillón y lo dejaba para que ella se sentara.
Pero lo que la mamá y Anita habÃan estado tratando de suponer era quien le habÃa dicho a Chispa que la tÃa era completamente ciega. Quizás éste pudiera ser un ejemplo más de ese maravilloso instinto que acompaña a ciertos animales y los constituye en los mejores amigos del hombre tanto en sus alegrÃas como en sus penas.—
