EDWIN, EL PINTOR DE ANIMALES



El maestro echó una mirada a su clase y sonrió. “Me parece que nuestro joven pintor ha olvidado la hora de clase otra vez”, dijo.

—Edwin está dibujando animales en el zoológico, señor –dijo uno de los muchachos como disculpándolo.

En eso se abrió la puerta y entró un niño de cabello ensortijado.
—Siento mucho haber llegado tarde, señor –dijo Edwin–. Me quedaré con mucho gusto después de clase, pero los animales estaban con tan buena disposición hoy, que daba gusto dibujarlos.

—No tendrás que quedar después de clase estar tarde, hijo mío –anunció el maestro–. Hoy es una ocasión especial para toda la escuela y especialmente para ti, Edwin. No te preocupes. Tus deberes están siempre bien hechos.

Ese día todos sus compañeros vieron cuando Edwin, que sólo contaba con once años de edad,  recibía una medalla de plata de la Sociedad de Artes de Londres en reconocimiento por su talento para dibujar y pintar animales.

A medida que Edwin iba creciendo, un triunfo se sucedía a otro. Él amaba a todos los perros, aun a los vagabundos más ordinarios, y los protegía siempre. Para él los perros poseían una gran lealtad, valor y personalidad; sus cuadros expresaban esas cualidades.

No pasó mucho tiempo hasta que se reprodujo uno de sus cuadros, un hermoso perro de San Bernardo. Edwin estableció en Londres un estudio que muy pronto llenó con cuadros de perros de todas clases. Él era un hombre bondadoso y afectuoso que contaba con gran número de amigos. Cuando éstos iban a visitarlo, decían jocosamente al llamar a la puerta: “Edwin, encadena tus perros”.

Una hermosa mañana de otoño un amigo invitó al artista a ir a cazar venados en Escocia. Anduvieron un buen rato por los campos y luego se detuvieron tras algunos arbustos para descansar. En eso se oyó un ligero ruido y un hermoso ciervo apareció cerca de los dos hombres. El escocés esperó que su invitado tirara, pero repentinamente el artista puso a un lado su escopeta y sacando un anotador de su bolsillo empezó a dibujar el hermoso ejemplar. Desde entonces su interés en dibujar esos magníficos animales fue casi tan grande como el que ponía en dibujar perros.

Se dice que una vez dibujó la cabeza de un ciervo con una mano al mismo tiempo que con la otra dibujaba la cabeza de un caballo.

Siendo muy joven llegó a ser gran amigo de la reina Victoria, quien lo hacía llamar con frecuencia a fin de que hiciera esbozos y pinturas en su presencia. 

Hizo también varios retratos, uno de ellos de él mismo trabajando, mientras dos de sus perros lo observaron por sobre sus hombros.

Varias de sus obras lo hicieron famoso, y entre ellas podrían mencionarse la de “Perros peleadores a la expectativa”, y “El mayor doliente del viejo pastor”. Su mejor cuadro de un ciervo se llama “El rey del valle”. Son muchos los jóvenes y niñas estudiantes que lo conocen y aprecian. 

Este gran hombre llegó también a ser escultor, y todo el que visita Londres puede ver los grandes leones, obra de sus manos, que se encuentran en la plaza de Trafalgar.

Vivió desde 1802 hasta 1873. Fue caballero de la corte de la reina, y desde entonces se lo conoció como Sir Edwin Henry Lanseer, amigo de los hombres y de los animales.—

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